Una vez más, las crisis asolan a los colectivos más vulnerables. En los últimos días se han vivido en diversos departamentos de Colombia asesinatos a plena luz del día contra líderes sociales indígenas. Asesinatos que, silenciados por el confinamiento nacional, quedarán aún más impunes de lo acostumbrado. 

Desgraciadamente, este no es el único problema al que deben enfrentarse las comunidades indígenas del país ante la emergencia sanitaria del Covid-19. El riesgo que estas comunidades presentan frente a las infecciones o enfermedades que desde el mundo más industrializado son consideradas lo suficientemente controladas es muy elevado, pudiendo derivar en consecuencias fatales. Así lo afirma Stafford Lightman, profesor de medicina de la Universidad de Bristol, que asegura que “cualquier enfermedad infecciosa que lleven los habitantes a estas zonas es potencialmente letal”. El sistema inmunológico de quienes conviven con unas condiciones de salubridad más precarias que las acostumbradas en zonas urbanas es más deficiente frente a agentes externos a los que no están acostumbrados y, mucho menos, preparados. Este argumento suscita el temor de mayor riesgo de contagio, con unas consecuencias desastrosas. Allá donde el sistema sanitario no llega, el modo de operar de estas comunidades es la solidaridad grupal. Cuando alguien enferma, es la labor de todos trabajar porque esa persona se recupere, pero ante enfermedades más contagiosas esto puede iniciar una cadena de infectados que acabe por afectar a toda la tribu. Es importante tener en cuenta que los estándares de salud de partida son inferiores entre estas comunidades que, en muchas ocasiones, han sido asoladas por otro tipo de enfermedades como la malaria, el dengue o la tuberculosis. De acuerdo con los datos de Naciones Unidas, más de la mitad de indígenas con edades superiores a los 35 años sufren diabetes de tipo 2. 

Sin ir más lejos, otros padecimientos mayormente superados en regiones más industrializadas suponen altos riesgos y mayor vulnerabilidad dentro de estos grupos de población, como puede ser la desnutrición, la anemia o la ausencia de agua potable. 

Ya han saltado las voces de alarma tras comunicarse, el jueves 26 de marzo, que un miembro de la comunidad indígena Yukpa ha dado positivo en coronavirus. Esta comunidad se ubica en Cúcuta. Mientras, muchos otros indígenas están huyendo a las selvas para tratar de resguardarse del Covid-19. 

Frente a la falta de asistencia sanitaria, que no llega hasta estos sectores más vulnerables, existen organizaciones como la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (Coica), que ha emitido un comunicado con propuestas para la defensa de estos pueblos frente a la pandemia. Instan al control territorial para evitar el flujo de personas que pudieran estar contagiadas a los territorios ocupados por indígenas y viceversa. Sin embargo, los servicios sanitarios para estas comunidades son mucho más deficientes. 

 

Más allá de las graves consecuencias previstas a nivel de salud, una vez se logre hacer frente a la pandemia, los pueblos indígenas deberán enfrentarse a un nuevo virus, el de una economía malherida que, se intuye, se hará dueña de los territorios indígenas y las áreas naturales protegidas en su beneficio. 

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