El pasado domingo, 8 de marzo, las principales ciudades de Colombia se llenaron del grito unido de las mujeres que reivindicaban por una violencia machista que en 2019 sumó más de 800 feminicidios en el país, según datos del Instituto de Medicina Legal. ONU Mujeres define feminicidio como el asesinato de una mujer por el hecho de serlo. 

Entre los departamentos donde se registran cifras de víctimas mortales más acusadas destacan el de Córdoba, Magdalena, Cundinamarca, Putumayo y Valle del Cauca. 

Imagen de: Colombia Informa

Los coros de protesta acompañaron a una marea morada y verde, símbolo de la reivindicación por el aborto libre empezada en Argentina, con cánticos como “los proveedores de aborto seguro, ¡son héroes! En Colombia, el aborto es legal en tres supuestos: peligrosidad para la madre o para el feto, malformaciones en el feto o que el embarazo sea fruto de una violación. Estas restricciones no son suficientes para muchas mujeres, que reclaman mayor libertad para poder decidir sobre su maternidad, pero cuyo debate no prospera por la dualidad de opiniones al respecto. 

A la lucha por una legislación de mayor libertad sobre el aborto se le suman las voces de mujeres indígenas, defensoras de derechos humanos. No una sola mujer colombiana, y es en su diversidad en donde reside su riqueza. El reclamo por el reconocimiento de todos los colectivos de mujeres, teniendo en cuenta las diferentes razas y etnias es fundamental para garantizar un feminismo interseccional, por el que se defiende que existen múltiples ejes de discriminación entrecruzados. Aquí se incluyen, entre otros, el feminismo indígena, por el que muchas mujeres, entre ellas muchas lideresas sociales defensoras de derechos humanos reclaman su cultura y sus raíces. 

Otra de las mayores problemáticas que asolan al país es el de la violencia sexual. Los delitos sexuales en Colombia superan los veinte mil casos anuales. De ellos, se  estima que en 2018 una media de más de 60 niñas menores eran abusadas sexualmente, y todo en ello sin contabilizar quienes, por miedo a represalias aún peores, o por el estigma que sigue suponiendo reconocer haber sido víctima de violencia sexual, no se denuncie. Además del temor, muchas veces es la impotencia la que empuja al silencio, puesto que en la mayoría de los casos el abusador queda impune

Por todo esto, el 8 de marzo sigue siendo un día de protesta, de lucha y de hermandad para que algún día sea posible celebrar la vida y la libertad, en lugar de tener que alzar el puño por una violencia sistemática simplemente por el hecho de ser mujer.

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